Diário de Leo

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Diario de Viaje 8
Leo F. Ridano

Lunes 8 de mayo. Los Arcos - Viana.
Etapa 7:18,5 km.

St. Jean - Viana: 152,9 km.
A Santiago: 621,2 km.

España y sus pueblos.

En sí, me refiero a Navarra, porque todavía no sé como es el resto.

Cuando se viene siguiendo el Camino, a la velocidad que se suele caminar, no es raro que pasando una loma se vea, en la cima de la siguiente, un campanario chiquitito. Uno sigue caminando y ese campanario lentamente se eleva dejando ver primero la estructura del mismo, luego el techo de la iglesia y finalmente la iglesia y el pueblo a su alrededor. Todo este proceso puede llevar una media hora. Porque los pueblos son todos parecidos desde lejos: una gran fortaleza rodeada de campos. El medioevo no es tan lejano para el ojo soñador. Y al entrar, uno ve casas con escudos familiares, pasa bajo arcos de medio punto, cruza plazas de cemento hasta llegar a la fuente. Peregrina fuente las más de las veces.

Y estará a menos de una cuadra de la iglesia, de la tienda y del bar si lo hay. Y será un pueblo fantasma hasta que dan las cinco, hora en que abren los negocios y todos los habitantes salen a la calle. Van a cafés, pedacitos arquitectónicos del pasado donde hablan, juegan, ven televisión o miran la vida pasar. Ellos se conocen por el nombre. Se critican. Son gritones. Pero divertidos casi siempre.

Hoy, lunes, el albergue se vació luego de echar a los tres últimos peregrinos a las ocho, porque sino no se iban más. Así que terminamos de armar las mochilas en la galería; por suerte las botas están casi secas, así que las podré usar. Angela le avisa a Arnaldo que se olvida el bordón y vamos a desayunar. El día arranca con siete kilómetros por carretera ya que nos dijeron que la senda iba a estar embarradísima por las lluvias del día anterior. Llegamos a Sansol pero seguimos un kilómetro más hasta Torres del Río, que está separado del primero por un barranco; a simple vista, ambos parecen ser un mismo pueblo. Buscamos y encontramos la tienda de Torres del Río donde empinamos otro desayuno, más completo y para sacarnos el frío de la caminata inicial; el café y las valencianas de Los Arcos, son reforzadas entonces por un bocadillo de chorizo, una coca cola y un café con leche. Luego vamos a visitar la iglesia octogonal del Santo Sepulcro que, obviamente, está cerrada.

Le pregunto a una vecina quién tiene la llave, y ella me señala una señora que está una cuadra más allá al mismo tiempo que le grita: "que tienes gente aquí!!" a lo que la poseedora de la llave responde con otro grito: "que ya voy!!" porque está charlando con otra persona. Finalmente viene y abre la iglesia templaria. Un recinto chico, despojado y lindísimo; una iglesia hermosa y simple.

Cuando salimos, nos cargamos nuevamente las mochilas, agarramos los bordones ­otra vez le avisamos a Arnaldo que se olvida el suyo­, me pongo el sombrero y al bajar a la calle justo nos cruzamos con un tour que viene a ver la iglesia; instantáneamente sacan las cámaras de fotos y en vez de enfocar en la iglesia lo hacen con nosotros. No doy crédito de lo que veo, nos empezamos a reír y nos ponemos a posar, ¿qué le va a hacer, no?. Saludamos luego y tomamos el camino a Viana, que está a unos diez kilómetros de Torres. Un camino lindo, sinuoso y con muchos tramos de ruta. Llegando a lo alto de una loma, justo donde empieza el barranco mataburros, se ve Viana y se puede intuir Logroño. Parece que estuviera cerca pero todavía nos llevará tres horas cubrir ese terreno. Todo el día caminamos los tres juntos, cosa que me llama la atención de Arnaldo. Este muchacho cada día cambia un poco más, pero bueno, me gustan sus cambios y por algo estarán saliendo así. Llegamos a Viana a las cuatro de la tarde.

Una vez en el albergue la hospitalera nos dice que hay lugar pero que hay que subir; "obvio que arriba", pienso ya que es común que en el albergue uno tenga que enfrentar la peor subida del día; pero no, no se refería al piso, ella hablaba de las literas.

Cuando llegamos a la habitación, ésta está que rebalsa. Las únicas camas libres son las más altas, pero no en literas de dos sino de tres; y tampoco con separaciones normales entre si sino exageradas. Asombrado levanto los brazos y me doy cuenta que no llego a tocar mi colchón así que calculo que estará a unos dos metros y medio del piso. Me río, que otra cosa puedo hacer, y empiezo a revolear mis cosas: primero voló el sombrero, luego el chaleco y así el resto; la mochila prefiero dejarla en el suelo ya que levantar esos catorce kilos hasta allá arriba, me puede. Entre las camas hay una escalera altísima que sirve para subir hasta allá arriba, pero lo que no logra la escalera, es abastecer a las tres literas al mismo tiempo sino solo a dos y, si están los tres arriba, ¿quién me la acerca? A ninguno de los tres nos gustó un carajo.

Como al día siguiente pensamos quedarnos todos en Logroño, programamos buscar un hostal o pensión para descansar un día de los albergues.

Viana es rara, tan grande que parece chica. Tan chica que de lejos se ve grande. Tiene bares, tiendas y un departamento de policía donde presiono para que hagan de oficina de turismo porque ésta está cerrada. Como no encuentro lo que necesito, elijo un bar al azar y entro a escribir un rato.

El Camino se pone interesante. Aunque no sepa porqué y, francamente hoy, mucho mucho no me importa. Camino todos los días, hoy es mi séptimo. Pero no avanzo casi nada y Santiago me parece tan lejano y cercano como mi negra; está cerca mientras no analizo pero, si me pongo a contar kilómetros lo siento tan lejos como Argentina.

Tiene días muy particulares y otros no tanto. Hoy me sorprende encontrarme caminando con dos personas más que también vinieron a hacer el camino solas, y me sorprende porque una decisión así es consciente. Ninguno de los tres vino a peregrinar solo porque no encontró nadie con quien compartirlo, sino que fue planeado así. Igual, creo que a Angela la perderemos en Logroño pues vuelve la posibilidad de hacer etapas cortas y con Arnaldo iremos alternándonos como hasta ahora.

Pero estoy seguro que vendrán más de ellos; hoy puedo afirmar que no soy yo quien lo elige o lo deja de elegir. El Camino manda y a mi me queda poner los pasos, uno tras otro, y aprender lo que pueda mientras recorro mi existencia nuevamente desde los primeros tiempos, saliendo por momentos para ver flechas amarillas, señales, paisajes o pueblos y volver dentro mío nuevamente. Noto que, sin darme cuenta casi, me estoy empezando a entregar a él y siento una calma extraña: calma de movimiento, calma de sentimientos. El no pensar más allá de lo que surja, ni más acá de lo que salga. ¿Porqué estoy en el camino?

Hoy por hoy ya no lo sé, salvo que estoy y acá me quedo.

No sé si llegaré a Santiago algún día, ni siquiera sé si a Burgos o a León. Finalmente me siento peregrino, del camino y de la vida; y cada día aprendo algo nuevo, ya sea histórico, religioso, humano o simplemente del caminar. Del paso tras otro paso, del tiempo después del tiempo. De los minutos andados o de los vividos.

Hoy soy realmente caminante. Y no sé que significa eso. ¿es raro, no?

Aburrido del bar horrible en el que me metí, me cambio al lugar de la cena, el bar Pitu. Lo primero que descubro es que la copa de vino tinto es más barata que el café: 75 pelas contra 150, lo segundo es que hay una corrida de toros en la televisión y están todos enardecidos gritando cosas pero no termino de entender a quién carajo alientan. Al rato llegan Angela y Arnaldo y nos cambian a una mesa preferencial para cenar, es decir, abajo del televisor.

Terminando de comer, se sienta con nosotros un peregrino español de algún lado al sur de Barcelona. Hablamos de toros corridos y de bueyes que alguna vez habremos perdido por ahí, también de la ETA, los milicos argentinos, Pinochet y esas cosas. Mañana termina por este año su camino y vuelve a casa.

Volvemos todos juntos al albergue, me enfrento con la prueba de alpinismo hasta llegar a la tercera cama intentando no pisarle la cara a mi vecino de la cama de abajo y no partirme la cabeza contra el techo, no por no lastimarme sino por el riesgo de caerme que sería mucho más grave. Pienso en atarme al costado de la pared, pero me quedo dormido antes de redondear la idea.


 
Enviado por Leo F. Ridano
 
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