Diário de Leo

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Diario de Viaje 6
Leo F. Ridano

Sábado 6 de mayo. Puente La Reina - Estella.
Etapa 5: 22,1 km.

St. Jean - Estella: 113,1 km.
A Santiago: 661,0 km.

A la mañana salgo último del albergue y, como siempre, cierro la puerta yo. Desayuno en el bar del hotel y me voy. Serían las 8 de la mañana.

A eso de las 8:15 tomo la ruta luego de cruzar el puente y tirarle una foto más. Es uno de esos días frescos a la mañanita y yo lo disfruto pues sé que luego va a hacer un calor mortal pero el camino es medio complicado, con muchas subidas y bajadas por sendas y me cuesta mucho. Porque así parecen ser todas las mañanas en el Camino, frescas pero muy cansadoras y siempre transpiro como loco la primera hora. Se me cruza un dicho que me dijeron alguna vez en Indonesia: "Sedikit sedikit lama lama manjadit bukit" ­grano a grano se construye una montaña­. Creo que habla de esto, pues paso a paso estoy llegando a Santiago de Compostela. Raro. Lindo. Y ahí lo dejo.

Pero la idea se vuelve presente nuevamente cuando alcanzo a una señora chiquitita, desvencijada, de unos setenta años, caminando con dos bastones hechos de palo, una toalla al cuello y una mochila inmensa ­para su tamaño y estado­:
­ Buenos días señora, ¿cómo va?
­ YS va.
­ ¿va hasta Santiago?
­ Si, si Dios quiere.
­ ¿francesa?
­ Si, ¿y usted?
­ De Argentina.
­ ¿Argentina? ¡qué coraje!
­ ¿yo coraje???????

Llego a Mañeru con Arnaldo que, hoy, casi no saca fotos. Me dice que quiere vivir el camino ­justo el tema que hablamos anoche­. El pasa el pueblo de largo pero yo, en cambio, voy a buscar el bar, la fuente o algo para tirarme un rato a descansar. Consigo una tienda donde compro dos yogures ­que como usando la tapa de cuchara­ y una banana; con ellos me siento en la puerta de la iglesia ­que por supuesto estaba cerrada­ y hago mi bocadito de media mañana.

Saliendo de ahí tomo un camino bastante derecho, que apunta a otro pueblo a unos tres kilómetros: Cirauqui. La imagen es como de un libro medieval: un pequeño pueblo sobre una pequeña montaña y la iglesia, coronándolo arriba del todo; debajo del pueblo, todo es llano salvo algunas colinas en los costados.

En este camino conozco a Angela, alemana de Hamelin, que viene caminando desde Somport con el plan de hacer el camino muy tranquila y en lo posible no más de 10 o 13 km. por día. Justo está cargándose la mochila así que la espero y seguimos juntos; estos días está obligada a hacer etapas de veinte o veintidós kilómetros como todos, ya que no hay albergues intermedios. Camina bastante más lento que yo, pero siento que de alguna manera ella viene a continuar mi historia con Caio, así que aflojo el paso y sigo con ella. Es chiquita y carga una mochila que parece mucho más pesada que la mía.

Pasamos por Cirauqui, pueblo en el que subimos, subimos y subimos, pasamos un arco, la puerta de la iglesia y empezamos a bajar, bajar y bajar. Casi en la salida está Arnaldo arreglándose las vendas de su pie derecho que le viene doliendo con un principio de tendinitis. Pasado Cirauqui cruzamos un puente romano, luego una calzada romana y luego otro puente medieval antes de llegar a Lorca donde nos detenemos un rato ya que ella necesita comer algo y arreglarse los remiendos de los pies. Ahí tengo mi primer contacto visual con las ampollas, su talón lleva puestas un par que deben ser bastante molestas. De vez en cuando se los revisa y se cambia el Compeed, un apósito con volumen y gel especial para ampollas que nadie todavía pudo descubrir como catzos se usa bien.

Angela camina bastante lento, y me cuesta mucho seguirle el paso, pero igual poco a poco bajo mi aceleración. Y como siempre cuando voy tranquilo, tengo tiempo de entretenerme mirando los olivos, los viñedos y los paisajes ondulados que me rodean. En un momento siento que toco algo con el pie; instintivamente miro que es y veo una víbora que rápidamente cruza el camino y se esconde por ahí. Quedo pasmado. Cuando se lo comento a Angela ella me responde: "ella te tiene más miedo a vos", joder, nunca se lo pregunté a la víbora, pero por suerte se le ocurrió rajarse porque si se hubiera quedado paralizada como yo, todavía estamos ahí.

Cruzamos Lorca, Villatuerta y llegamos a Estella tipo cinco y media de la tarde. Es la primera vez en el Camino, que llego con dolor de cuello y ojos de tanto investigar las piedras, malezas y arbustos de los costados de la senda para evitar otro contacto con la fauna local. Estella nos recibe con la iglesia del Santo Sepulcro, que parece hermosísima pero como está cerrada seguimos directo hasta el albergue. Todavía queda lugar, así que nos quedamos ahí. Al rato, llega la señora francesa que crucé a la mañana, conoce a Angela así que hablan un rato en francés ­Angela sabe alemán, italiano, inglés, francés y algo de español­. También conoce a Isarra, que está ayudando al hospitalero de Estella porque, con la cantidad de gente que hay peregrinando, el solo no llega a hacer todo lo que se necesita; nos cuenta que el día anterior habían dormido como cien personas en el refugio; ya a las cuatro de la tarde estaba lleno y tuvieron que poner colchonetas en el piso. Al día siguiente ­es decir, hoy­ a las cinco y media de la mañana se levantó a abrir y salieron como treinta peregrinos despedidos en carrera. "Qué esto no es peregrinación", "qué para eso se vayan a correr a otro lado", dice indignadísima. Cuando pienso que ese es el grupo que dejé, en gran parte por eso, me siento tranquilo; no es que este no tenga corredores de maratón, sino que al llegar hay solo cincuenta personas antes que nosotros. Igual, el albergue de Los Arcos, donde debería parar mañana tiene solo cuarenta plazas; pero bueno, será hotel o sino será algún suelo por ahí. No hay mayor drama.

Cuando salgo del albergue para pasear me doy cuenta que está lloviendo. Ya es la tercera vez de cinco días que llueve apenas piso el refugio y me sigue llamando muchísimo la atención

Debo admitir que fue raro volver a caminar con alguien todo el día; de entrada muy despacio pero luego, al final, no le podía seguir el paso. Y esto me lleva a pensar un poco en la gente con la que voy haciendo el camino:
Caio, con 53 años, hace la peregrinación porque todavía tiene salud, tiempo y dinero. Arnaldo porque sintió que tenía que ser ahora; tiene 41 años que cumplió el día anterior a empezar el camino y sabe que va a encontrar algo aunque no sepa qué es. Angela ­36 años­ viene por motivos absolutamente religiosos, por eso se detiene en cada iglesia, visita los monasterios y ora en cada uno que encuentra abierto; grafica el motivo de su peregrinación con su vieira ­lleva una inmensa en la parte de atrás de la mochila entre las medias, o la toalla que siempre hay ahí secándose­, ya que para ella es el símbolo del abrirse para dar y abrirse para recibir.

Todos reflejan una parte mía aunque hoy no sepa bien cual. Caio me recuerda aquellas decisiones de mi vida que tomé por una simple razón: ¡si se puede hacer, pues hazlo!; en Arnaldo veo aquellas decisiones que amo pero que luego, al obligarme a justificarlas socialmente por inseguridad las convierto en metas, intentos de trascender, actos heroicos o simples martirios; y ahora Angela, que vaya uno a saber qué representa. Viene de Hamelin, fue bendecida como peregrino en su parroquia y toda la gente se encomendó a ella, de esa forma representa ante Santiago su parroquia, su barrio y carga los pedidos de la gente que no puede hacer semejante caminata. Lo siento muy fuerte y vaya uno a saber cuántos de los doce kilogramos de su mochila están ahí, cuánta responsabilidad puede ser llevar a cabo la peregrinación cuando tanta gente está pendiente de eso. El concepto de apertura lo viví en Oriente, donde el dar y recibir amor surge de una forma tan pura y auténtica que todavía no dejó de sorprenderme.

¿Todo esto es casual? Hace años que no creo en eso.

Voy a buscar a Angela a la iglesia de San Miguel y, luego de esperar cuarenta y cinco minutos a que lo abrieran, cenamos en el restaurante Roma que de italiano no tiene nada. Como el menú incluye vino, pero no un vaso o una copa sino una botella entera ella va ofreciendo vino al resto de los comensales ­todos peregrinos­. Es divertido verla recorriendo las mesas y repartiendo el contenido de la botella en ellas.

Luego volvemos al albergue a dormir.


 
Enviado por Leo F. Ridano
 
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