Diário de Leo

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Diario de Viaje 31
Leo F. Ridano
Viernes 2 de junio. Alto del Poio - Sarria.
Etapa 30: 30,7 km.

St. Jean ­ Sarria: 660,5 km.
A Santiago: 113,8 km.

Día raro. No tengo nada anotado salvo un texto que luego pondré.

Cuando le pregunto qué le dije ese día a mi grabadora de periodista ella me responde: "2 de junio: no tengo nada que decir"

Así que veremos que va saliendo de la memoria. Por lo pronto, un desayuno tranquilo, en el bar del albergue. Tostadas, café y jugo natural. Muchos peregrinos llegando transpiradísimos y destrozados por el subidón hasta el Alto y que siguen de largo casi sin descansar. Otros que paran.

Veo a las chicas en el borde, aplaudiendo. Aparece Sergio, ya apodado bonitinho, transpirado, cansado y sonriente como siempre saliendo de la senda. Sella, saluda y vuelve a salir al camino; nosotros lo seguimos. El parará en Triacastela para hacer noche ­a unos 12 kilómetros del Alto­, nosotros en cambio seguiremos hasta Sarria, a unos treinta kilómetros. El camino hasta Triacastela es bellísimo, casi todo bordeando la montaña y bajando nuevamente. Siempre un paisaje hermoso, todo por un camino suave y sólo de peregrinos. Al llegar a la ciudad, entramos a almorzar en un restaurante muy agradable con mesas en la calle. Paramos un buen rato ahí.

Salimos de Triacastela rumbo a Sarria por el camino Francés, no por el que va por el monasterio de Samos pues no ando muy bien de tiempos y no nos podríamos quedar ahí. Al salir de Triacastela conozco las corredoiras: unas sendas impresionantemente lindas, cubiertas de vegetación, por donde la gente hace siglos lleva el ganado entre pueblos. Me protegen del sol casi todo el camino y cruzo pueblos cada dos kilómetros que, aunque no tengan ningún servicio, son lindísimos por lo primitivos que parecen. Pero como no todas son flores, las corredoiras tienen en contra el hecho de dar más vueltas que una oreja además de subir y bajar constantemente y, además, que están completamente tapizadas de bosta y moscas de bosta.

Es un día de caminata bastante larga, con una sola parada en un arroyo para meter los pies y refrescarnos un rato. No encontramos más bares ni restaurantes hasta pocos kilómetros antes de Sarria, ciudad a la que entramos luego de seguir la ruta un buen rato. Llegamos bastante destrozados, En el camino ya veníamos pensando en alojarnos en un hostal, aquel que nos debíamos desde Ponferrada. Al llegar, me cruzo con dos peregrinos que me cuentan que el albergue ya está lleno y que, además, está en la parte alta de la ciudad.

Finalmente nos dirigimos al hostal Londres, que queda cerca de la entrada de la ciudad, en la parte nueva. No hay habitación triple, pero si una cuádruple sin baño. La señora nos jura que no hay nadie, así que los dos baños serían todos nuestros. No mintió por suerte y la habitación estuvo muy bien. Nos costó unas mil pesetas a cada uno, lo mismo que un albergue privado.

Vamos a cenar al hotel pipi de Sarria, el Alfonso IX. Pruebo raya, y juro que no lo hago nunca más. Destrozados de cansancio volvemos al hostal.

Hace unos días dejé el páramo. Desierto verde extenso donde el sol quemaba mis entrañas ante el lento surgir de los pasos cansados. Y entré en un paisaje ondulado, que paso a paso iba extremando sus diferencias. Lentamente fui subiendo.

Atrás quedaron los reinos llanos, de los hombres reales y fueron reemplazados por seres más emocionales, con más tradición. La música simple fue sucedida por cantos gregorianos y los soles y lluvias por neblinas interminables.

Entré en Avalon, o en algún tipo de comarca mágica que no supe definir. Y, al bajar de la gran cima, todo cambió nuevamente; las ondulaciones siguen sucediéndose pero la vegetación creció de tal manera y la gente se achicó tanto que es imposible sentirse igual. Entré en Galicia. Tierra de gnomos, duendes y hadas. Donde los árboles tienen caras, las piedras cuentan historias y los caminos vienen siendo caminados hace muchísimos años. Cada corredoira pasa entre casas con más historia que nuestro país y cada subida o bajada me vuelve a internar en un mundo diferente, mágico, incomprensible o semitétrico.

Cambian los pájaros, los ruidos; el sol queda escondido tras densas capas de hojas y los pasos se hacen más lentos, más cansados.

Santiago está cerca pero ya ni imagino qué es Santiago. No veo más que subidas y bajadas entre mis mundos irreales o reales, entre sueños inconexos o cuentos de niños olvidados.
 
Enviado por Leo F. Ridano
 
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