Diário de Leo

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Diario de Viaje 26
Leo F. Ridano
Domingo 28 de mayo. Rabanal del Camino - El Acebo.
Etapa 25: 16,7 km.

St. Jean - El Acebo: 552,8 km.
A Santiago: 221,4 km.

Me levanto cuando puedo, algo así como las ocho. Tomo un excelente desayuno en el flamante bar mientras esperamos a Nico y Mar ­una pareja familiar de los dueños del albergue­, ya que las chicas les quieren dar un bolso lleno de cosas para que se las lleven ­ellas luego irían a buscarlas a su casa­. El día está nublado y con llovizna, no parece que vaya a mejorar pero sí que empeore. En medio del desayuno, un muchacho, nos pide permiso para caminar con nosotros. Desde ya, le dijimos. Se llama Toño.

Hoy pasaremos por Foncebadón y por la Cruz de Hierro. En Santa Catalina de Somoza tomé una piedra para llevarla hasta la cruz y depositarla en su base. En eso llegan dos peregrinos en bicicleta que vienen de Astorga. Son las nueve y media de la mañana y el día sigue lluvioso, frío, muy gris y ellos ya hicieron lo que yo hice en dos días. Para colmo piensan seguir. No me convence mucho la velocidad de la bicicleta pues siento que me hubiera perdido estos dos últimos días, que para mi fueron lo mejorcito del Camino.

Finalmente salimos a andar. El trecho tendrá que hacerse casi todo por ruta, ya que las chicas en zapatillas no pueden caminar sobre barro. Saliendo del pueblo notamos que se ve poco, pero al tocar la ruta me doy cuenta que no se ve absolutamente nada. Una niebla impresionante tapa las montañas y el valle. Empezamos a subir por la carretera. El caminar entre la neblina es raro, ya que nunca cambia el paisaje. Esto sumado a que todas las mañanas me cuesta un poco más, es demasiado. Sé que Foncebadón no está completamente en ruinas porque alguien puso un bar ahí, y viene bien, porque llegaré con muchas ganas de parar a tomar algo y ver si el tiempo mejora un poco.

La entrada a Foncebadón, me estremece un poco; no sé cuánto influye el relato de Coelho pero ver un pueblo completamente vacío, con pilas de piedras que alguna vez fueron paredes, en medio de una niebla y una llovizna así, no pasa desapercibido como un pueblo más. Caminando por la calle principal me encuentro con un crucero, no tan viejo como el pueblo. Otra imagen extraña. Se me hace casi imposible entender razones ante tanta ruina, tanto despojo. Y finalmente, ahí cerca está el bar. Se llama Gaia y me extraña encontrar ese nombre, más en un pueblo en ruinas como Foncebadón. Al entrar me enfrento inmediatamente con un ambiente medieval: espadas, candelabros, barriles. Mesas grandes de madera, tazas y platos de barro y no se cuántas esculturas peregrinas. Me encanta. Un café llega. Una salamandra se enciende y, tras los murmullos de la lluvia afuera, una suave y ubicadísima música celta se apodera de mis entrañas. Es perfecto. Supera por mucho aquel café imaginado antes de llegar a Rabanal, y me alegra que sea hoy. Luego del café las chicas van a otra mesa a escribir, y yo me quedo hablando con Toño.

Es la cuarta vez que hace el camino. Notó que luego de la primera vez, cuando volvió a su casa, se vio envuelto nuevamente en los viejos hábitos y problemas así que salió otra vez e hizo el camino de vuelta hasta los Pirineos, y así otra vez más, ésta creo que es la tercera vez que viene con rumbo a Santiago. Sabe que no puede parar, y que si lo hiciera volvería a lo de siempre. Es como estar en un trompo de 800 kilómetros sin poder bajarte. Hablamos un rato largo, sé que le impresionó lo que dije, aunque no recuerdo qué dije, pero seguro le hablé del amor que llevamos dentro y como poder sacarlo para enfrentarse con su monstruo verde. En eso, veo que las chicas se abrazan, están las dos llorando. Me sorprendo, pero veo que es el llanto alegre del Camino, no el de pena. Realmente me alegra. Hablamos un rato con Enrique, el dueño, y a las dos horas de estar ahí dentro, llega un tour de gente y el bar se llena. Luego se vuelve a vaciar. Miro a los otros tres y a coro decimos: ¿vamos?, todos sentimos que ya es suficiente. Volvemos a salir al Camino, o más bien a la ruta porque la lluvia sigue, pero un poco más fuerte. Al costado del camino las piedras mojadas se dejan ver. Mi mano juega también con una. Hace dos días que su energía me acompaña, y ahora me recuerda que su lugar está en la cruz de hierro. Ella tiene su destino y yo soy su medio. Luego de un rato, llegamos a la famosa Cruz. No tiene nada sorprendente como estructura pero si como mojón. Es el único lugar que vengo trayendo en la mente desde que salí de St. Jean, y siempre estuvo entre imposible y terriblemente lejano. Ahora lo tengo ahí, delante mío. Y la piedra quiere salir, así que subo la inmensa pila que hay en su base y la dejo entre tantas otras. Me emociono muchísimo, y veo que las chicas también. Toño, en cambio, mira como cumplimos ritos que a él no le interesan, pero vaya uno a saber como lo vivió la primera vez. Luego, partimos una Vauquita ­reservada para tal ocasión­ en cuatro y la comemos. Ahí recién nos damos cuenta que la llovizna cambió su nombre por lluvia y que estamos empapados.

Y sigue el camino. Y la niebla está cada vez más cerrada. Pasamos Manjarín de largo porque al estar las chicas tan mojadas no queremos parar hasta el final. Me quedo con algo de ganas de conocer a Tomás, el hospitalero de Manjarín, que según cuentan es todo un personaje. A nuestro paso se suceden flores amarillas y violetas, matorrales marrones, todo combinado de una forma exquisita, casi mágicamente diría. Y la niebla baja a medida que mi alma se eleva.

Nunca me había pasado esto. Caminar entre la niebla por tanto tiempo, me produce muchísimas sensaciones nuevas. De entrada lo vivo como algo original, al rato me jode que no se vea nada, más tarde me invade una pequeña sensación de miedo; pero la caminata constante, el no tener calor ni frío, me hipnotiza. Diría más bien que entro en trance pero teniendo siempre presente la niebla y el camino. Y me entrego. Me entrego a la magia que vivo. No puedo salir de la niebla, ni meterme en un café, ni llorar porque salga el sol, ni porque se ponga, simplemente tengo que caminar, rumbo a la niebla, que se corre a medida que me acerco a ella. Todas las sensaciones se van esfumando y lentamente empiezo a sentirla como la frontera que hace de límite a la vida de los humanos. Estoy cerca de Dios, una mezcla de vida y muerte impresionante. Pero una muerte linda, una muerte tan necesaria como inevitable. Y la próxima etapa de mi vida no está a más de treinta metros. El límite: Dios, muerte, Avalon o cielo. En vez de frenarme acelero y corro entregado. Ya podés tenerme, le grito, ya podés llevarme! y la sonrisa se me escapa de la cara reflejando una impresionante paz y tranquilidad interior. Amo sentirme tranquilo. Amo sentirme preparado. Amo entregarme a las manos de Dios, con la tranquilidad y seguridad de que sería lo mismo fuera quien fuera.

Luego de un rato salgo del trance y hablo un poco con Nati. Entre otras cosas me cuenta del llanto del bar: ambas se sentían más livianas, como caminando en el aire. Me emociona muchísimo, pues mi pedido llegó y pudieron sentir el Camino, el verdadero Camino. Ya no sería una ruta turística más.

Al rato vemos una senda y nos metemos en ella, la niebla abre una ventana y nos muestra un hermoso paisaje de montañas, pero al toque se vuelve a cerrar. Luego de diez minutos, vemos los techos grises y las casas de piedra de El Acebo. Bajamos y entramos al pueblo. Nuestras expresiones son de gente que salió de los misterios más extraños, relajantes, inexplicables. Tenemos expresiones de paz. De amor. Y entramos en el bar-restaurante-albergue. Nos acomodamos, nos bañamos y lavamos ropa. Todo es diferente. Todo es magia.

Salgo a dar una vuelta por el pueblo, algo así como veinte casas envueltas en niebla. Pero es otra niebla, más fotográfica, diría. Luego de disparar unas tomas, vuelvo al bar, donde nos juntamos los cuatro, más Sergio, Vero y Casey. Más tarde cenamos, buena charla. Y a dormir.

Me extraña muchísimo el concepto de tiempo en el camino. Acabo de contar cómo vengo de días y solo quedan ocho o nueve. Y me mató. Tiene algo, que recién estos días puedo ver que me encanta. Todavía me impresionan las vueltas que necesité para llegar a esto.

El camino es magia pura.
Una vida condensada en pocos días.
El Amor surge de las entrañas.
Es raro. Y lo amo.

 
Enviado por Leo F. Ridano
 
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