Diário de Leo

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Diario de Viaje 21
Leo F. Ridano
Lunes 22 de mayo. El Burgo Ranero - León.
Etapa 20: 37,2 km. (12,5 en bondi)

St. Jean - León: 463,6 km.
A Santiago: 310,6 km.

Abro el primer ojo luego de alguno de los tantos ruidos del albergue. Pienso en levantarme, total el bar abre temprano. Luego miro la hora: 5:30. Todo está oscuro y frío. Olvídalo.

Finalmente me levanto a las siete y veo amanecer. Hoy cumplo un mes de viaje, cosa que me parece increíble pues para mí ya pasó un año desde que salí de Buenos Aires.

Luego de un largo desayuno salgo al camino. Castilla, León o lo que sea ya me va cansando demasiado. Estoy encontrando otro límite más. El caminar por horas, largas distancias sin nada que distraiga un poco al menos.

Mientras camino canto, pienso o recuerdo. Sobretodo lo último. Me la paso yendo para atrás, a todos los lugares que pasaron; me he acordado de nombres y situaciones que no entiendo porqué se les ocurrió volver. Algunos realmente muy extraños.

En otros casos cierto nombre o pensamiento queda clavado en el cerebro y ahí se cuelga por horas. Aunque intente cambiar de tema o seguir adelante no puedo, queda el nombre ahí pegado.

Cosas del páramo.

Diez y veinte de la mañana, sigo caminando desde el Burgo Ranero rumbo a Mansilla de las Mulas, unos 18 km. Luego de lo de Sahagún aprendí una lección, 40 km. en un día me enseñaron muchas cosas o al menos me dejaron muchas marcas ­sobretodo en los dedos del pie­ pero también lo veo muy enganchado con el querer hacer un camino solo; un camino que me supera. Hablo de mi vida, no de Santiago.

Hoy aquí en Castilla, siento que estoy justamente cruzando la etapa que estoy cruzando en la vida también. Un camino largo, no se ve nada adelante; sé que hay algo, pero realmente no veo nada. Diría que es una cuestión de fe. El saber que avanzo, el saber que me dirijo hacia un lugar, aunque realmente no vea nada.

Llego a Reliegos, seis kilómetros antes de Mansilla de las Mulas. Tengo planes de ir hasta Mansilla o, quizás, un poquitín más allá. Luego tomarme algo a León, pasar la tarde y la noche allí y mañana hacer la parte que saltee sin peso. Así podré aprovechar la ciudad sin perder un día.

Ayer, hablando con diferentes personas me alegró escuchar que para muchos el Camino tiene una gran cuota de sufrimiento. Me alegra ser un hombre común en esto también. Ser parte, igual que todos.

Al pasar por Mansilla me dirijo al albergue donde me encuentro con los españoles ­que ya estaban saliendo para León­ y con Fernando. Laura, la hospitalera parece macanudísima. Luego de lograr cambiar unos dólares en alguno de los tres bancos que hay a la vuelta, decido seguir camino. Mansilla en si es bastante lindo, salvo que están arreglando las dos calles principales y todos los negocios de por ahí están cerrados. Dudo en quedarme por un momento, pero no, prefiero seguir.

Camino hasta Puente de Villarente, unos seis kilómetros más, en total hoy van 24,7 y por un momento me tienta seguir, pero decido que aunque me sienta bien, luego me voy a querer matar. Hablo un rato con la pareja de jinetes que descansó luego del puente y me voy a la parada del ómnibus. Desarmo el bordón y espero el colectivo. Es una sensación rara, realmente. Desde Pamplona que no me subo a ningún vehículo. Intento excusarme pero no me dejo, simplemente disfruto un paisaje de suburbios, viendo la senda en medio de la nada que se acerca a la gran urbe que es León. El bus me deja en la estación y ahí me tomo un taxi a la catedral; total, ya que la hago la hago completa.

Como toda ciudad grande que vi hasta ahora, me encanta. Pareciera que el nivel de vida es más alto que los otros lugares donde he estado. Encuentro alojamiento, me baño, salgo a buscar Internet y luego, juntarme con los españoles de los últimos días para ver donde cenan. Hablando con ellos de la idea de hacer mañana lo que me salteé, llego a la conclusión que así quedará. No vale la pena volver atrás para recorrer doce kilómetros y medio de una zona industrial que nada tiene de atrayente. Tomamos un porrón en un barucho cerca del albergue de las Carbajalas y arreglamos para encontrarnos y cenar en la esquina.

En Internet me encuentro con Caio. Como yo recién empezaba con los mails me dijo que lo fuera a visitar a su hostal: el parador San Marco!! Es el mejor alojamiento de León, y uno de los mejores de España. Tiene quinientos años de antigüedad y es una verdadera belleza. El baño de Caio por ejemplo, es más grande que toda la habitación en que me alojé yo. Me encantaría encontrar algo del estilo para Santiago ­en calidad y precio, obvio­. La negra me confirma que llega a Santiago el ocho de junio nomás. Muero por verla. Igual, todavía me quedan unos quince días de caminata, recién estoy en la mitad. Pero me gusta como va saliendo. Puede que ahora afloje un poco el páramo y sea un poco más copado. Espero que así sea.

 
Enviado por Leo F. Ridano
 
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