Diário de Leo

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Diario de Viaje 18
Leo F. Ridano
Viernes 19 de mayo. Frómista - Carrión de los Condes.
Etapa 17: 19,2 km.

St. Jean - Carrión de los Condes: 369,0 km.
A Santiago: 405,1 km.

Me despierto 6:30 cuando el tren de peregrinos empieza a moverse. Me levanto tranquilo y voy a desayunar con la idea de quedarme un rato, total llegar temprano a estos pueblos no es algo que me guste demasiado.

Esta idea es la que me ronda constantemente por la cabeza los últimos días. No entiendo la idea de salir a caminar tan temprano ya que luego no hace tanto calor ni son etapas tan largas. Lo único que se me ocurre es que algunos necesitan sentir ­o decir­ que hicieron mil kilómetros en un día y otros corren tras la necesidad de conseguir un lugar en el albergue primeros. Es raro pero así va siendo, a pesar que cambio de grupos constantemente. Algo así como una lógica del camino.

Imagino que es algo que traemos de nuestra vida cotidiana. La permanente carrera, las metas, la precisión, el no fallar, el marcar cuánto nos cuesta ser lo perfectos que somos...

En eso entra una pareja alemana que vengo viendo desde hace tiempo. Son chicos, por lo que parece, y cada tarde hacen un picnic en algún lugar de la ciudad donde paran. Los reconozco porque siempre andan con su botella de vino yendo o volviendo al albergue. Hoy piensan hacer dedo hasta León porque andan muy cortos de tiempo. Me quedo charlando un buen rato con ellos.

Apenas salgo de Frómista veo un cartel que dice: Santiago, 475 kilómetros. Uffff.... Un camino bastante monótono, siguiendo una senda que va al costado de la ruta.

En parte extraño las ondulaciones navarras. Esto es más fácil para caminar pero se hace muy monótono.

Caminando encuentro otro paralelismo entre el camino y la vida: Hasta Pamplona, los primeros pasos, el apoyarse y apoyar, el necesitar mimos, aprobación. Luego una adolescencia donde los apoyos son mayores, pero donde hay una mayor rebeldía ante lo normal. Grandes afinidades, pérdidas y reencuentros. Diría que eso fue hasta Logroño. Y ahora estoy en la etapa más adulta, la que estuve viviendo hasta hace un par de años; el caminar solo. Contactos y ánimos por intervalos cortos. Intentar hacer mi camino, no seguir la masa por seguirla. Tratar de encontrar una forma.

Veremos como sigue, pero creo que depende muchísimo de mi.

Llego a Villalcázar de Sirga a las doce y media, más aburrido que cansado. No encontré ningún lugar para parar antes de este ya que los pueblos que fui pasando son muchísimos más chatos de lo que solían ser antes. Afirmaría que si no fuera porque estaba caminando casi me duermo. Villalcázar, por ejemplo, es un pueblucho ­o ciudaducha­ que en sí no dice nada salvo por lo insólito del tamaño de su iglesia templaria Santa María la Blanca contrastando terriblemente con lo chato del lugar.

La visito y luego cruzo al bar de enfrente donde me mando un pincho de tortilla y un bocadillo de chorizo con vino y café. Mientras almuerzo veo la entrada de la iglesia, y como llegan a ella las seis francesas, una pareja que crucé hace rato y otros peregrinos que no recuerdo haber cruzado el día de hoy. Entran, la visitan un rato, algunos vienen a comer algo y otros siguen camino.

Y pienso en lo raro que es el camino para mí; como que no llego a sentirlo. Y si alguien me preguntase porqué, le diría que estoy más que seguro que es porque no me doy la libertad de vivirlo como me gustaría: desayunando, parando a almorzar tranquilo, tomar mis cafés, mis vinos y todo por el tiempo que yo quisiera. Sin embargo y a pesar que cada día estoy más seguro de esta falencia, me cuesta muchísimo no sentirme apurado. Y juro que me explota la cabeza al intentar pararlo. Ahora, por ejemplo, veo las seis francesas que salen directo rumbo a Carrión de los Condes, nuestro destino de hoy y que queda a unos seis kilómetros de aquí. Y me agarra una sensación de miedo o de competencia, todavía no pude definirla bien.

Competencia, diría que es por llegar antes por el estúpido orgullo de llegar antes. Me suena demasiado idiota. Pero miedo me parece más posible; miedo a que no haya camas, miedo a que la ciudad sea copadísima y no me quede tiempo para recorrerla, miedo a perderme algo. Pero el correr por esta razón es la mejor forma de hacerla cumplir: porque así es como no recorro Villalcázar, no la veo y me la pierdo.

Intento frenar el impulso de pararme y salir corriendo. No puedo.

Saliendo de Villalcázar de Sirga tomo nuevamente la ruta y veo un paisaje que hasta ahora no me había llamado la atención: el carretera, bien derecha, tiene partes de sol y sombra alternadas bastante parejas; a lo lejos, solamente hay sol hasta el horizonte. No puedo evitar volver a ver la vida de uno en el Camino.

La caminata hasta Carrión de los Condes se hace simple. Al llegar me alojo en el albergue, bastante vacío por estar el Convento de las monjas que da sábanas y toallas ­cosa que me hubiera venido muy bien, pero que me olvidé cuando entré­.

Camino un rato por la ciudad. Es mucho más grande que Frómista por suerte, pero tampoco tiene nada muy interesante donde tirar todo un día. En el primer bar que me siento me encuentro hablando con Fernando, un personaje de Pamplona que también está peregrinando. Hablamos de muchas de las costumbres y dichos de Argentina y de España, de las relaciones entre ambos países y las historias de la gente; es interesante. Al rato voy a caminar un rato y me encuentro con Sergio ­el catarinense­ y Vandy ­una de las mineras­. Los acompaño durante su paseo.

Sergio tiene la costumbre de comprar tarjetas postales de cada lugar que pisa. Debo admitir que es una costumbre que realmente me gusta a pesar que nunca la haga, pero esta vez es por peso. Él compra muchas tarjetas, algunas las envía y las otras se las guarda. Y eso acababa de hacer así que andaban buscando un lugar donde comprar las estampillas. Encontramos un estanco y entramos. Hacemos la compra y nos ponemos a charlar con la señora que atiende. Se llama Rosario Nuñez y nos regaló una poesía que ella escribió para un peregrino hace tiempo:

"A un peregrino.

Peregrino y caminante
que a Santiago vas contento
sin asustarte la lluvia
ni frío, calor o cierzo,
quisiera yo preguntarte
qué dicen tus pensamientos.

Seguro que al cielo miras
y pides frescura al viento
y cuando llueve, quizás
piensas que dentro, más dentro
el agua que dan las nubes
a tu alma da refresco.

¿Qué buscas en el camino
o que llevas ofreciendo?

Puede ser que ofrezcas gozos,
puede ser que ofrezcas duelos,
puede ser que profundices
en tantos, tantos misterios
que la vida nos esconde
y saberlos más queremos.

¡Tantas cosas pueden ser
tantas seguro, irán siendo!

Te dirán mucho los campos,
te dirán mucho los sueños
y también mucho quizás
las estrellas del Sendero,
porque ellas antes que tú
a Santiago ya le vieron.

¡Y cuántas veces seguro,
hablando con el Maestro!

Nuestra Virgen del Camino
contigo irá por supuesto
para dar fuerza a tu Fe
para siempre darte aliento.

Lo que buscas, no lo sé,
lo que encuentras casi cierto.

Encontrarás mucha paz,
te llenarás de contento
y el Señor sabrá premiar
tus sudores y tu esfuerzo.

Y al abrazar al Apóstol
seguro que sonriendo,
le contarás del Camino
y El te contará del Cielo.

Y si pones atención
y si tú lo escuchas presto
te enseñará Lo Mejor
te enseñará Lo Perfecto.

Te cogerá de su mano,
para llevarte al Maestro."

Rosario Nuñez. Carrión de los Condes. 25­7­92

Luego nos recitó otra que había escrito y se sabía de memoria que nos emocionó mucho también. Me queda picando constantemente la idea de esta gente que está en medio del camino y hace estas cosas por y para los peregrinos.

Fuimos a comprar comida para el día siguiente ya que la partida es medio larga y ambos volvieron al albergue. Yo intenté entablar una conversación con el párroco del pueblo pero lo único que conseguí es que me rete por mi poca cristiandad. Y la tarde no pasa, los restaurantes todavía no sirven cena, entro a misa y la escucho, sorprendido de lo estricto que es este cura y lo aburrido que hace el tema. Cuando salgo me engancho con Casey ­el holandés­ , Vero y Vanda ­brasileñas­ para ir a cenar.

Luego de la cena vuelvo al albergue, veo para mi tranquilidad que la hermana del cura ­la hospitalera­ se acordó de dejarme la manta que le pedí. Me acuesto y quedo instantáneamente dormido.

 
Enviado por Leo F. Ridano
 
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