Diário de Leo

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Diario de Viaje 16
Leo F. Ridano
Miércoles 17 de mayo. Hornillos del camino - Castrojeríz.
Etapa 15: 20,4 km.

St. Jean - Castrojeríz: 324,9 km.
A Santiago: 449,2 km.

Amaneció un día terriblemente nublado, neblinoso, húmedo y fresco. Tiene una belleza de páramo aunque todavía haya montañas. Grises, como el día. Y adentro mío, amaneció igual. No por tristeza, sino simplemente gris. Gris sesenta por ciento.

Cuando me despierto ya casi todos los peregrinos se habían ido. Hago la mochila y voy a la cocina a hacerme el café que compré el día anterior. Caliento agua, pongo el café y, ante el comentario de otro peregrino de lo bien que estaba el refugio ya que tiene cacao, leche y azúcar, agarro la azucarera y endulzo mi café. Echo el agua y, mientas revuelvo, abro mis magdalenas. Cuando chupo la cuchara noto que sabe salada!!! Grrrrr. Tiro todo a la mierda, me como las magdalenas con agua y me voy un poco sacado de la bronca.

La caminata se hace fría, húmeda, larga. Las piernas no responden, no calientan, no avanzan. Las mesetas se suceden, subo una y la camino por horas. Tiene sembradíos, grupos de piedras apiladas y mucho viento, demasiado quizás.

Mientras camino pienso en el horizonte, el fin del paisaje. Me asombra que día a día paso uno o dos horizontes, uno o dos paisajes que cambian a medida que avanzo.

En algún momento noto que el bordón perdió la arandela que hacía de punta. No sé donde se habrá perdido. Pero bueno, sabía que iba a suceder y creí que me iba a dar cuenta cuando fuera. Paso Arroyo San Bol pensando en la fuerza de un hospitalero que vive en un albergue sin ningún servicio, solamente un río, una capilla, algunos árboles y el refugio.

Cinco kilómetros después piso Hontanas. Y me meto en el bar de Victorino Diez, el único bar del pueblo. El típico bar de pueblo. Una casa vieja, un señor petiso y rechonchón, muy simpático y una invasión de cinco francesas, tres brasileñas y Sergio.

Muy buen ambiente; Victorino, dueño, barman, hospitalero y sheriff da sus espectáculos tomando vino con la jarra de la zona. Empieza tirándose el vino en la garganta y luego, va subiendo lentamente hasta que el vino pega primero en su nariz y chorrea hasta la boca. Sigue subiendo por la nariz hasta la frente y siempre sigue entrando en su boca. Realmente una proeza vitivinícola de aquellas. Le pregunto cómo terminó haciendo eso, y me cuenta que de chiquito ya practicaba con agua.

Él es todo un personaje, como tantos que uno cruza en esta tierra de historias, mitos, personajes y caminos. Su café con leche realmente es uno de esos mitos olvidables y no me sirve para entrar en calor así que le pido algo realmente caliente. Me hace entonces un té con orujo ­el orujo tiene desde 45 hasta 55 grados de alcohol­ que me hace entrar en calor hasta el pelo que no tengo. Uffff, joder!!!

Mejor salgo a caminar y lo aprovecho.

La caminata luego de Hontanas mejora bastante. Se desenfrió y se desgrisó un poco el día. Elijo la carretera en vez que el camino porque es más corta y no sé porque, pero ni lo dudo y no siento haber errado. Camino una ruta bordeada de árboles, muy tranquila.

Llegando a San Antón me cruzo con un ciclista suizo que salió hace un mes y medio de la puerta de su casa y vino bicicleteando hasta aquí. Macanudísimo realmente.

Sigo caminando y llego al hospital de San Antón a eso de la una de la tarde. Quedo boquiabierto al ver los arcos cruzando la ruta. Del viejo edificio gótico ya no queda casi nada, salvo la onda. Todavía conserva dos huecos donde la gente del convento ponía la comida para los peregrinos que llegaran a la noche, o los que se detuvieran afuera.

Debe haber sido algo realmente imponente, muy grande y muy lindo. Pero la pregunta es: ¿Porqué las cigüeñas hacen nidos en las iglesias de las ciudades, pero no en estas que están en el campo?

Descanso un buen rato viviendo entre sueños un extraño siglo catorce rodeado de peregrinos y víctimas del fuego de San Antón hasta que un auto deportivo aparece tirando curvas y haciendo ruido como si estuviera en un rally. Mi imaginería queda destrozada con la imagen del bólido cruzando bajo los arcos del monumento.

Prefiero seguir.

Medio kilómetro más adelante tengo Castrojeríz a la vista con su castillo muy imponente en lo alto del cerro. Me cae bien visualmente.

Lindo pueblo, simpático diría. El albergue todavía no abrió así que voy al bar de enfrente que inauguraron hace menos de un año. Es hermoso, antes fue una bodega o algo de eso, porque todavía tiene la prensa que usaban para pisar las uvas. Tomo un vaso de vino y pico un poco de salchichón con pan. Al volver a la calle veo mi mochila solita pues el albergue acaba de abrir y la cola de peregrinos está terminando de entrar. Me pongo al final de la cola y presencio un espectáculo nuevo para mí.

Resti, el hospitalero, le explica a cada uno ­o a cada grupo­ dónde esta la cocina, el patio, los baños, el lavadero actuando y haciendo chistes. Se toma el trabajo de explicar cada vez lo mismo, pero siempre con algún cambio en la actuación que nos hace morir de risa. Así también, va acomodando a cada uno en la cama que el decide y como él lo decide. Siempre con muy buen humor y muy buena onda.

En el albergue conozco a Zuchil ­ni idea como se escribe así que irá así­, una chica muy grandota, que con alma y peso a cuestas viene caminando como todos. Es canadiense de la parte francesa, y se dedica a la cocina. Viajó por Oriente hurgando en el tema culinario y escribió un libro de las relaciones entre la cocina y los sentimientos. También a Casey, holandés que ya había cruzado a la salida de Logroño. Todo un personaje.

Luego de los típicos trámites de llegada ­baño, curaciones, lavado de ropa, etcŠ­ salgo a recorrer el pueblo. En el estanco, tienda que vende tabaco y un poco de todo, compro postales y me quedo hablando con el señor que atiende el negocio. Tercera generación en el ramo, único casado de la familia. La historia gráfica la tienen las hermanas porque nunca se fueron de la casa de los padres. Un tipo muy interesante.

Luego busco otro café donde ir a ponerme un poco al día con el diario.

Los conceptos toman valores diferentes a los conocidos:
Tiempo
Distancia
Velocidad
Horizonte

Camino.

Se siguen sucediendo los personajes extraños. Hoy Resti y Victorino.

Gente del Camino. Gente para el Camino. Y a ellos sumo todos los peregrinos que hacen semejante travesía por cuarta vez o más.

¿Cuál es la magia del Camino?

¿O es simplemente el gusto de sentirse parte de algo más humano en vez de serlo de aquella maquinaria medio oxidada a la que pertenecemos el resto de nuestras vidas?

La supervivencia de estos pueblos me asombra. La vida de su gente. Me sabe rara la idea de que ven pasar gente constantemente. Todos los días treinta, cuarenta o cien personajes cansados, hablando lenguas diferentes, moviéndose por medios distintos, pero con un solo objetivo. Y ese objetivo no está en estos pueblos. Sin embargo siento que el poblador, generalmente, tiende un lazo demasiado fuerte para lo impermanente de la situación.

Caminaré cada paso una sola vez. El camino que ande ya no existirá más para mí, sin embargo el pueblo y su gente quedarán preparando todo para mañana, cuando los nuevos peregrinos lleguen.

Los dos temas de siempre: impermanencia y amor. Dos cosas tan difíciles de entender. Y las dos las vivo constantemente en el Camino.

Una vez intenté escribir algo respecto a la vida en el sitio de paso. En aquel momento me refería a Bokja, una bola de ternura de 8 años que vive en las montañas de Tailandia, pero vuelvo a encontrar esto mismo en el camino y con gente más grande que él. Me viene a la cabeza la imagen de Ana, la hospitalera de Santo Domingo de la Calzada, emocionada volviendo al albergue para empezar un nuevo día. Y siento eso con la mayoría de los hospitaleros: no somos sólo peregrinos sino personas cumpliendo sueños, metas, promesasŠ Puede que en cierta forma vean en cada uno de nosotros aquel peregrino que fueron, aquella ­posiblemente­ lejana primera vez. Y todo el motivo sea simplemente cuidarnos, animarnos y empujarnos a cumplir nuestro sueño.

Vuelvo mentalmente unos kilómetros atrás al refugio de arroyo San Bol. Un refugio perdido en una quebrada, sin nada demasiado cerca. Solo un refugio que ofrece diez camas y una capilla. Ahí también estamos nosotros, no el Camino.

Y particularmente estos últimos días he visto muchos peregrinos con una característica en común: dejaron a alguien para hacer esto. Ni en este tema salgo de la persona común. Es el viaje en el que he visto la mayor cantidad de gente por momentos melancólica de los suyos, que quedaron allá, en casa. Y los teléfonos están todas las tardes ocupados por caras pensativas, miradas lejanas, más allá de los Pirineos o más allá del mar.

Santiago tiene un imán mágico, una extraña piedra filosofal que le devuelve la juventud a la gente y que nos lleva a esforzarnos de maneras que nunca habíamos pensado. Nos lleva a conocer los motivos más diversos y las razones más extrañas de este pisar, paso a paso, una tierra como cualquier otra, un paisaje que a pesar que es nuevo en cada paso, es tan común a la individualidad de cada uno como lo es, hoy, nuestro calzado.

Solo me queda a mí.
Solo me lleva a mi.
Y solo me daña a mi.

No veo mucho más tras este camino, que una muchedumbre honesta, noble y fuerte que se aúna en una idea con el único fin de completarse; pero con algo tan relativamente extraño como el paso que da el individuo. Todos pasos diferentes, así como los sueños de este camino son diferentes y los de la gente de este bar también.

Soy tan común como único. Y cada uno de los que hoy están aquí también lo son. E incluyo a la chica que está detrás del mostrador y al español burgalés que entró y charla con ella.

Me cuesta separar desde acá España de India, de Kenia o de Tailandia. Son lugares que te pueden dar un sueño tanto como quitártelo. Hasta que descubramos que el sueño realmente estaba dentro nuestro, en ese pedacito de entraña que duele al dar cada paso o en ese otro que ni sé que está ahí, en todos lados. Sencillamente en cada partícula de mi cuerpo.

Respiro sueños.

Cansancio y paz.

 
Enviado por Leo F. Ridano
 
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