Diário de Leo

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Diario de Viaje 12
Leo F. Ridano

Viernes 12 de mayo. Santo Domingo de la Calzada - Belorado.
Etapa 11: 22,4 km.

St. Jean - Belorado: 234,6 km.
A Santiago: 539,5 km.

Me levanto a las seis y media. Me cambio tranquilo y bajo a ver de que se trata el almuerzo del Santo. Llego a un salón lleno de gente ­luego de esquivar la cola gracias a ser peregrino­ donde reparten de todo. Sin darme cuenta casi, me encuentro sentado en un portal de la calle principal con una cazuela llena de garbanzos, carnero, cebolla y algo más en una mano y pan y una vasijita con vino tinto en la otra. Empiezo a comerlo tranquilamente mientras veo pasar la gente con su plato lleno caminando y comiendo por ahí. Siete de la mañana. Creo que los peregrinos fuimos los únicos que dormimos anoche.

Luego del almuerzo peregrino armo todo, regalo la guía Everest y salgo del albergue con la intención de ir a desayunar en serio. Cinco muchachos vestidos igual me llevan hasta una chocolatería que está hasta las bolas de pibes; pero desde ahí veo un café abierto a donde cruzo.

Encuentro ahí dentro a Ana y hablamos un ratito. Cuando se va me saluda toda emocionada y, ante mi pregunta, me dice: "que quieres, cada nuevo peregrino que viene una lo quiere, le da un pedacito de corazón, pero luego se van y duele..."

También estoy sensible, y me toca todos los vértices. Me jode mucho lo del viejo. Recién estoy aprendiendo a nacer el camino, no a terminar. Y este tema me deja afuera.

Hay momentos en que siento que no tendría que haber hecho este viaje. Y odio pensar esto, porque necesito muchísima energía para caminar y si la dudo la cago.

No sé que hacer y, a esta hora, ni siquiera puedo llamar.

El mágico camino de Santiago.

El extraño camino de Santiago.

Me parte.

Salgo de Santo Domingo lentamente. Un casi llanto me agarra el cogote y lo estrangula, le digo que salga pero el muy puto no se termina de atrever. Son las 9:25 de la mañana, habré recorrido unos tres kilómetros, y pienso: con lo que probé del Camino de Santiago hasta ahora, ¿lo volvería a hacer si lo dejo acá?

Y no se realmente, no se.

Tiene cosas lindas, pero por otro lado tiene un gustito medio amargo. No se si es el caminar, el estar solo, o que. En sí los pueblos son hermosos y caminar no es feo, ojo, quizás es el peso que tengo. No se, no sé si lo volvería a hacer.

No se si lo volvería a empezar aunque sea de acá.

Veinticinco minutos después, me cuelgo mirando una casa sola en el medio del campo sembrado. Pero no es que esté sola sino que tiene la función de vigilar los sembradíos. Sin embargo, al verla tan casa en sí, siento que le falta la ciudad alrededor, quedando como una casa aislada. Pero a su vez, si estuviera dentro de la ciudad no tendría su sentir, no cumpliría su función. Una casa entre los sembradíos que refleja mi alma solitaria caminando por un perdido camino de España, pensando si no debería estar en la ciudad cumpliendo todos los ritos y deberes que nos han dicho que tenemos que vivir. Mi función dejó de ser, por un tiempo, la de vivir socialmente e intentando interpretar desde ahí cuál es mi destino, mi función, mi razón. Por momentos me veo como una persona sola caminando hacia el oeste, y a pesar que no le encuentro sentido a veces, si lo veo clarísimo en otras. Y esto es lo que pido respetar hoy. Esto es lo que pido que el camino de alguna manera me responda ante la realidad que estoy viviendo.

Y el Camino me llena de dudas o indicios que no puedo dejarlos pasar como son, sino que instantáneamente comparo con algún momento de los que estoy viviendo.

Como la cima que acabo de pasar, yendo hacia Redecilla del camino. Iba acercándome a ella examinándola con la vista y nada desmentía la posibilidad de que ahí termine el mundo. Mis ojos aseguraban eso: atrás no hay nada más. Pero confié en la guía, que algún desconocido escribió, y eso fue suficiente para seguir; para subir semejante montículo de tierra y saber que luego habría una bajada y un pueblo. Confianza absoluta en palabras escritas por alguien con tanta autoridad como para publicar un libro, sabiendo que cualquiera con el dinero o los contactos necesarios puede hacerlo.

Y bajo hasta Redecilla. Luego, Castildelgado donde almuerzo algo mientras el afuera me brinda una lluviecita típica de estos días. Al salir me encuentro con Caio y seguimos caminando. Ya no habrá hoy mucha subida y bajada más sino campos de trigo. No he visto viñedos, y hace tiempo que tampoco se ven olivos.

Forzamos el paso, la lluvia empieza a sentirse mucho más cerca y el tirón en la pierna derecha me jode mucho. De la nada aparecen adelante dos peregrinas que habíamos dejado pidiendo comida en un bar cuatro kilómetros más atrás. ¿Cómo nos alcanzaron y pasaron? ¿por dónde? ¿será magia?. Finalmente llegamos al albergue de Belorado. El recinto está hasta los huevos y no hay lugar ni en el piso. Seguimos caminando ­un kilómetro y medio más­ hasta el único hotel, el hotel Belorado. Tres mil pesetas, con baño y ducha, bastante bien está.

Me brindo una larga ducha y veo los pies. Una ampolla en el talón izquierdo y otra en el dedo chico del pie derecho. Ataco con la aguja a ambas, pero no llego a alcanzar ninguna, ya que están muy profundas. Salgo y llamo a Andy, que me explica mejor todo lo de papá. Me deja un poco más tranquilo con ese tema. Mientras hablo dentro de la cabina, veo a Caio buscando algo. Podría jurar que es a mí. Y si, solo verme se sienta en un asiento frente a mi hasta que salgo. Ya no se despegará más en todo el día. Sigo sin entender el tema de Caio. No sé que significa, que muestra o cuál es el sentido. Es como un gran sacrificio que hace, pero no se por qué o para qué. Él camina, se queja, putea y sigue. Por momentos creo que hizo una promesa y en otros, simplemente no lo entiendo.

Vamos a un café, pero lo amputo a los quince minutos por cansarme de que me vea escribir y haga comentarios inconexos y alpédicos. Luego vamos a cenar y volvemos al hotel a dormir.

 

Enviado por Leo F. Ridano
 
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