Diário de Leo

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Diario de Viaje 10
Leo F. Ridano

Miércoles 10 de mayo. Logroño - Nájera.
Etapa 9: 29,1 km.

St. Jean - Nájera: 191,4 km.
A Santiago: 582,7 km.

Desayunamos en la plaza de Logroño con Arnaldo y Angela. Hoy nos separaremos los tres, Angela irá más tranquila y Arnaldo ya verá. Yo intentaré llegar a Nájera, a 29 kilómetros, ya que el único pueblo que hay en el medio queda a doce y me parece bastante cerca para parar. Es bastante emotiva la separación ya que no creo que vuelva a ver a Angela, pero no lo pienso mucho más y salgo cagando pues hace mucho que no camino tantos kilómetros de una. A medida que pasan las calles de la ciudad afloran nuevos pensamientos o nuevas versiones de viejos, pero pensamientos al fin. Ser peregrino es algo así como un carnet de identidad que dice que sos buena persona, suena muy extraño pero no me parece loco. La despedida de los chicos cambia la cosa, otra vez vagar solo; sé que Caio esta mas adelante, así que volveré a empezar.

Algo me dio un nuevo toque y de a poco estoy entendiendo, si lo es, cuál es mi don: el de dar una mano a la gente; me pasó con Caio, con Arnaldo, con Angela, anoche con Ricardo que necesitaba un apoyo y se fue mejor. Y eso también es el Camino: ir conociendo gente, ir poniendo lo mejor de mi en cada uno, ir poniendo lo mejor de mi para estar bien y para que los demás también estén bien, e intentar llegar así a Santiago algún día.

Logroño. Una ciudad hermosa por lo poco que he visto, archivo su nombre mentalmente para volver algún día con más tiempo y recorrerla tranquilo. Los bares abiertos me miran de reojo y yo les huyo, es uno de esos días en que me quedaría desayunando por un buen rato más. Pero ya son las 10 de la mañana, todavía no salí de la ciudad, y ya estoy pensando que fue bastante tonto no haber bajado más equipaje en Logroño o en Pamplona. Pienso por un momento en parar y volver, pero finalmente me entretengo pensando que mandaré la mochila, la bolsa de dormir, la camisa pesada, posiblemente las medias de lana, los carretes sacados, la libreta escrita; definitivamente lo voy a hacer en Burgos, me compro una mochila chica de las comunes que sea más o menos buena y una sábana o una manta, eso y ropa, nada más. ¿Qué más se necesita para esto? Caminar y transpirar.

La salida es por calles poco transitadas. Cruzo la autopista y entro en un parque inmenso que me conduce hasta el pantano de la Grájera. Me siento cansado, me cuesta llevar mis piernas, mi mochila y mi alma para adelante y, en cierta forma, extraño a los chicos.

Me encuentro con Caio en el pantano, descanso un rato y seguimos juntos. En Navarrete paramos a almorzar al lado del albergue, que de afuera es lindísimo, comemos una tortilla, un bocadillo de chorizo y dos cocas cada uno. Estamos pagando cuando llega Arnaldo que piensa quedarse y hacer noche aquí, así que me despido de él otra vez.

Larga caminata hasta Nájera; muchos tramos de ruta, nada de pueblos, bastante subida y se hace largo; las salidas y entradas de las tres ciudades de hoy son suburbios bastante chotos. Caio anda jodido de un pie, ya que le salieron un par de ampollas molestas subiendo al Alto del Perdón cuando salió de Pamplona.

Nos cruzamos bastantes veces con una pareja alemana que hace hoy su primer día de camino, les encanta hacer sus picnic de vez en cuando así que nos vemos bastante. Casi llegando a Nájera Caio decide parar nuevamente, pero yo no, así que sigo. En un muro veo la poesía que me regaló Pepe, la pared hace de límite de una fábrica. Límite entre un baldío y una fábrica, no predomina en el lugar la belleza justamente, pero me gusta verla pintada lo que hace posible que todos la puedan leer.

Llego a Nájera a las cinco y media hecho pelota, el albergue está pegado al monasterio y es el antiguo hospital de peregrinos que ahora está reformado todo en piedra y madera. El hospitalero es medio quisquilloso pero no por eso mala onda y me da la mala noticia del día: agua fría en la ducha. Un señor me explica que si primero meto el pie y lo dejo un rato, luego voy subiendo hasta la rodilla y así, el cuerpo se acostumbra y no se siente. Mierdas, me congelo el pie. Así que lavo sobacos, huevos, patas y salgo disparado del freezer. Luego me lleno las plantas de los pies con ácido pícrico ya que siento algunos principios de ampolla, y ésta es mi única forma de intentar evitarlas; de más está decir que las manos me quedaron todas amarillitas hepatíticas.

Cuando finalmente termino con los típicos trámites de la llegada, visito la iglesia y monasterio de Santa María La Real con la intención de ver la cueva de la virgen que encontró el rey don García. El monasterio es impresionante y la iglesia aún más, detrás del altar está el panteón real con unos cuantos reyes dentro de sarcófagos de piedra con la imagen de ellos talladas en las tapas; y en medio de ellas está la entrada a la cueva. Es impactante el paso de iglesia a cueva, quedando finalmente roca viva en las paredes. Lástima que la virgen está en alguna exposición en nosedonde y en vez de ella hay un afiche con su imagen.

Salgo, medio decepcionado, y compro la guía de El País - Aguilar, que es la que usan Arnaldo y Caio, que me gusta porque detalla bien las distancias a recorrer y no son tan ilusorias e irreales como la de Everest y que me hizo pegar no pocas clavadas. Con mi guía nueva me voy a tomar un café en un bar a orillas del río que parte Nájera en dos que no puedo verificar si se llama Yalde o Najerilla.

Espero que mañana tenga un poco más de tiempo ya que los dos últimos días me la pasé corriendo de un lado a otro al llegar a mi destino.

Hoy, caminando, me sentí vacío, cansado, salvo al final cuando seguí solo. Muero de ganas de volver para atrás y reencontrar a los chicos, pero el camino va para adelante, no para atrás.

Salgo del café, saco una foto del puente que cruza el río más por compromiso que por la imagen que veo y, para variar, me "encuentro" con Caio primero y luego con Sergio y su grupo de españoles. Vamos todos a cenar. Ensalada, merluza con fritas, flan, agua y vino. Divertido, aunque no le cazo mucho la onda a este grupete.

Vuelta al albergue y a dormir.

 

Enviado por Leo F. Ridano
 
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