Diário "Esa Extraña Pareja"

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Día 21. Triacastela - Barbadelo
Jaime Figueras e José Mari
Buen tiempo. Tenemos suerte y podemos desayunar en un bar del pueblo. En Galicia son mas madrugadores.. Optamos por la ruta del solitario valle de San Xil a través de aldeas perdidas y corredoiras entre bosques de carvallos. Los primeros kilómetros, hasta el Alto de Riocabo, son de fuertes pendientes y siempre a la sombra. Según la Guía El País - Aguilar son como parajes sacados de un relato costumbrista de Doña Emilia Pardo Bazán.

Después de acompañar un rato a Jaime empiezo el suave descenso al valle por una altiplanicie con muy buenas panorámicas. Alcanzo a los de siempre que se han unido a un grupo de brasileños muy preocupados por el resultado del partido Brasil - Inglaterra que se está jugando en estos momentos.

Continuo pasando por aldeas minúsculas con bonitas casas de piedra pero sin un alma a la vista salvo las vacas en sus establos, impertérritas al paso de los peregrinos y sin abandonar nunca su expresión de paciencia infinita. La bajada hasta Sarriá es suave salvo una trialera de unos 300 mts llena de barro y piedras que tengo que bajar andando para no matarme. Las corrredoiras más cerradas conservan todavía tramos con niebla. En resumen, una bonita primera parte de etapa.

En Sárria hace bastante calor. Esperamos hasta la hora de comer intentando conectar con Elvira, una amiga de Jaime desde su primer camino, y al no conseguirlo nos vamos a comer a las terrazas del malecón, muy concurrido, acompañados por los graznidos de las ocas en el río. Chipirones, gambas al ajillo y tarta de Santiago "con gotas".

Después de comer salimos para Barbadelo. Hace mucho calor pero por suerte pronto nos sumergimos en uno de esos espesos bosques gallegos de robles, hayas y pinos. En una cuesta muy pronunciada me bajo de la bici y Jaime, con total alevosía, me saca una foto con la clara intención de desprestigiarme al volver a Barcelona.

En Barbadelo hemos reservado en un antiguo convento, convertido en casa de labranza, justo al lado de la Iglesia de Santiago, de estilo románico gallego. Ana y Luis, sus propietarios, alquilan habitaciones de tapadillo pues no tienen licencia. Compartimos una habitación de la planta superior con Manolo, el vasco. Es una habitación inmensa con tres camas de "estilos" diversos que parecen barcas perdidas en el océano. El suelo de viejos tablones tiene agujeros que te permiten ver la planta baja.

A media tarde llega Elvira con su hija. No ha podido llegar antes pues hoy era el último día de exámenes en el instituto del que es profesora. Tiene, sorprendentemente, la carrera de Teología que pudo estudiar en un seminario diocesano al no haber normas explícitas que impidieran el acceso a las mujeres.

Cenamos en familia en la gran cocina comedor. Embutidos de fabricación propia y bistec con patatas fritas de verdad. Es curioso el contraste entre ella, típica matrona gallega gorda y sonrosada y él, flaco y enjuto de nariz afectada por el exceso de vinillo.

 
Enviado por Jaime Figueras.
 
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